Uso de Seudónimos en la prensa

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Seudónimos en la prensa
Oscar López Reyes
Los apócrifos o anónimos, ora en prosas ora en versos, han externado verdades como un templo y detonado acusaciones-denuncias más estremecedoras y hacendosas que los sueltos difamatorios. Un pasquín inflamó la pradera, durante la ocupación haitiana de 1822 a 1844, y hermanó a los dos primeros prospectos trinitarios que cristalizaron el espléndido ideal de independencia.
Un nombre ficticio, generalmente rimbombante; apodo, inicial o anagrama, cuya combinación se denomina criptografía, se plasma en un artículo periodístico, libro, carta, panfleto, copla, décima o poema. Desdoblarse o encubrir la autenticidad encaja en épocas históricas turbulentas.
En el primer periódico de la porción Este de la isla, el Telégrafo Constitucional de Santo Domingo (1821), José Núñez de Cáceres se escondió en “El fabulista principiante”, y en 1834 José María Serra lanzó clandestinamente manuscritos contra la intervención haitiana, amparado en la trilogía El Dominicano Español. En El Dominicano, órgano primigenio después de la separación, este trinitario se bautizó como “El Coplero”.
En los siglos XIX y XX, una multiplicidad de textos de periodistas e intelectuales fueron insertados con seudónimos: Américo Lugo: Alvaro de Luna; Félix Evaristo Mejía: Alter Ego; Joaquín Balaguer: Amadís de Gaula; José Ramón López: Amable Mirón; Pelegrín Castillo: Américo; Juan Antonio Alix: Angarillas; Pedro Contín Aybar: Antonio Delgado; Federico Henríquez y Carvajal: F. H. C.; Fabio Fiallo: Don Venturita, y Rafael Damirón: Brummell.
El más emblemático del cierre del siglo XX fue el padre Oscar Robles Toledano, quien en 1939 en la revista Rachas de Santiago se identificó como Ana Campa, y en la década de 1980 en varios diarios como P. R. Thompson.
¿Por qué se ocultaban en patronímicos ficticios?
1.- Resguardar la identidad y la seguridad en la emisión de juicios valorativos o censuras a regímenes intolerantes.
2.- Evadir responsabilidad jurídica.
3.- Por modestia, temor a las críticas y para conservar el prestigio ante trabajos que pudieran etiquetarse de escasa calidad.
4.- Para despertar curiosidad e intrigas.
Los códigos de ética y la Ley 6132 de expresión y difusión del pensamiento no prohíben los apelativos fingidos en la prensa. En su artículo 13 esta expresa que, en caso de persecución, el director del periódico será liberado del secreto profesional y tendrá que revelar el verdadero nombre del autor de un texto firmado quiméricamente.
El ensanchamiento democrático-institucional del país ha desaparecido los disfraces periodísticos, y ha convertido en común difundir reportajes no suscritos, para proteger a sus creadores y las fuentes en temas sobre narcotráfico, homicidios y otros hechos delictivos. Los gobiernos populares nos han privado, lamentablemente, de las delicias de máscaras como Cundeamor, Dominguito, El libertador, Conde segundo, El pescador, El admirador, Bachicha, Bambán, La jicotea, El bombero, El bacá, El períco, Conchita y Cofresí.

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